sábado, 16 de abril de 2016

PEDRO XIMENEZ

VERDADERO ORIGEN Y PROCEDENCIA DEL NOMBRE

FIN DE LA LEYENDA DEL MILITAR DE LOS TERCIOS DE FLANDES

Aguilar de la Frontera y Pedro Ximénez de Varo


El tercer señor de Aguilar vivió durante el reinado de Alfonso XI (1312-1350). El Estado de Aguilar era un Estado opulento y fundamental en la lucha contra el enemigo musulmán, enclave estratégico y frontera con el Reino de Granada. Nos situamos en ésta fecha porque es en ella donde el primer “Varo” llega a Aguilar tras la política de repoblación castellana de las tierras reconquistadas y tras el último gran rey reconquistador, que era Alfonso XI, enterrado en San Hipólito de Córdoba, construido por él mismo para conmemorar la Batalla del Salado y donde también yace nuestro gran Alonso de Aguilar.
La repoblación de las zonas conquistadas estaba siendo muy problemática en el siglo XIII. Solo se repoblaban las grandes ciudades y las cabeceras de comarcas agrícolas como campiñas, vegas, etc. Para resolver el problema en zonas rurales se procedió a los repartimientos de tierras, como fue el caso de Aguilar, a militares que se habían distinguido en las conquistas. En esta época los repobladores en Córdoba procedían de Burgos, León y Toledo. Aragoneses, portugueses, navarros y aragoneses, fueron a Sevilla y a la Bahía de Cádiz, pero eran apenas un reducido número comparado con los castellanos venidos a Córdoba. Aun así, en las zonas rurales, los repobladores eran militares. Tal era el caso de Aguilar situada en la frontera con el enemigo.
Por el año 1327 se repobló Villalba del Alcor en el actual Condado de Huelva y se incentivó el cultivo de la viña que habían ya iniciado los campesinos en la zona de Niebla, dando origen a los vinos del Condado de Huelva. Aquella zona reconquistada y repoblada gozaba de una paz que Aguilar todavía no tenía.
En 1328-1330 se produce el asedio de Teba donde Teba y Olvera estaban en primera línea de batalla y se mantenían en segunda línea Aguilar de la Frontera junto con Estepa, Osuna, Puebla de Cazalla, Morón de la Frontera, Montellano, Villamartín, Arcos de la Frontera, Jeréz de la Frontera, Medina Sidónea y más atrás Chiclana, Conil y Vejer. Alfonso XI contaba con el apoyo de la segunda línea en hombres y víveres. ¿Quién podría ser repoblador de Aguilar si no se era un avezado castellano militar?
De 1342 existe una escritura en el Archivo de la Catedral de Córdoba por la que Alfonso XI hace un repartimiento de tierras en Aguilar de la Frontera y entre ellos estaba Pedro Ximénez de Varo. Un año más tarde, muerto el tercer señor de Aguilar, su hermano Fernán González de Aguilar, vence a los moros en la Batalla del Río Yeguas y en la que sus militares aguilarenses se distinguen en la contienda y entre ellos, Pedro Ximénez de Varo, que entonces ya era vecino de Aguilar.
La Batalla del Salado había sido un par de años antes en 1340 en la que Aguilar estuvo muy implicada, pero no tenemos constancia si Pedro Ximénez estaba ya al servicio de los Aguilares. Tampoco sabemos si Pedro Ximénez estuvo al servicio de Alfonso XI en los que en aquellos años llegó cinco veces hasta el Campo de Gibraltar. Lo que sí sabemos es que en 1340-41 el rey, sitió Alcalá la Real en las puertas de Granada y repobló Aguilar, Priego, Anzur, Monturque, Montilla y Cañete.
La contienda del Rio Yeguas tuvo lugar en 1343 y se distinguen los aguilarenses, entre ellos Pedro Ximénez de Varo.  Todavía falta un poco de tiempo para que lleguen los Fernández de Córdoba al Estado de Aguilar, por lo que los Varo, son anteriores en Aguilar a la llegada de éstos. Aguilar aparece ya como un municipio consolidado y con competencias. En 1350 el alcalde Juan de Párraga, tenía competencias en conocer los Pleitos de Hidalgía, con las exenciones que ello implicaba, por consiguiente Aguilar ya debía estar consolidada como municipio de cierta importancia.
Pedro Ximénez de Varo es un militar o caballero castellano procedente de Losa Fita, de la merindad de Losa en Burgos. De allí procede su casa solariega y nos ha llegado intacto su escudo de armas, que cuelga en muchas de las casas de los Varo, en Aguilar, de padres a hijos. A partir de 1340 con la muerte del tercer señor de Aguilar sin dinastía, corren treinta años hasta la nueva venida de los Fernández de Córdoba. En estos años Aguilar pasa a manos reales y a Fernández Coronel y es codiciado por Bernat Cabrera. Son años complicados en los que presumimos se salva el militar Pedro Ximénez por motivos de la edad. Asentado en Aguilar y dedicado a las labores de la tierra, el primer Varo consolida su casa y su familia siendo uno de los primeros repobladores castellanos de Aguilar de la Frontera.
Con el noveno Señor de Aguilar, Don Pedro Fernández de Córdoba ( 1441-1455), nos volvemos a encontrar a descendientes de Pedro Ximénez de Varo como militares integrantes del ejército del Estado de Aguilar, haciendo incursiones contra los moros en la zona de Antequera. Éstos eran Fernán Ximénez y Alonso de Varo, entre otros soldados aguilarenses, que da idea de la tradición militar de los Ximénez Varo y del asentamiento de su casa en Aguilar como propietarios de tierras de labor.
Ya en tiempos del gran Alonso de Aguilar, los militares Varo integraron su ejército. Así nos consta en la Batalla de Martín González en la que Don Alonso mató a Aliatar, suegro de Boabdil el Chico, uno de los integrantes del ejército de Don Alonso era Miguel de Varo. También en el asedio de Granada que terminó en 1492, militaron muchos vecinos distinguidos de Aguilar formando parte del ejército de Don Alonso de Aguilar, entre ellos Ruiz Sánchez de Varo, Pedro Ximénez de Varo, Juan Ximénez, a los que se los hizo un nuevo repartimiento de tierras como aparece en 1493 expedido en Alcalá la Real y cuyo pergamino se conserva en el Ayuntamiento de Aguilar, en la zona del Arroyo de Albornoz, Atalaya y en el Cerro de Buenavista en el término de Aguilar.
A partir de 1505, el Marquesado de Priego en su política de compras de tierras para la formación de su latifundio inmobiliario, compra muchísimas propiedades y entre ellas, compra diecinueve fanegas de viña, en el término de la actual Montilla, al aguilarense Pedro Ximénez de Varo, sobre el primer tercio del siglo dieciséis o a mediados del siglo dieciséis.
Los tercios de Flandes son creados por Carlos I para el mantenimiento de las provincias de Centro Europa, precisamente a mediados del siglo dieciséis.
Una vez referenciadas estas notas históricas, entroncamos con la leyenda de la variedad de uva Pedro Ximénez, tan popular e importante para nuestra zona. Cuando se habla de la historia de nuestros vinos Pedro Ximénez, cada erudito aporta una nueva leyenda que a base de no ser desmentida, se convierte en una nueva pura invención. Así, circula que un militar de los Tercios de Flandes, llamado Pedro Ximénez, se trajo de la zona del Rhin unas cepas en su zurrón a nuestra zona y ese es el origen de la variedad de nuestras cepas actuales. Muchos autores , como García de Leña (1972), Masdeu (1783) y González Gordon (1948) apoyan esta tesis que no es compartida por Viala y Vemorel (1910), Pullita Rovasenda y algunos más, quienes opinan que las características morfológicas y ampelográficas de la Pedro Ximénez en nada se parecen a las de las vides cultivadas en los valles alemanes. Basta recorrer los extensos viñedos del Rin de Mosela y observar la morfología de las variedades que allí se cultivan y de sus racimos para concordar con la idea menos viajera.
Pero la uva Pedro Ximénez es sin duda una variedad nacida en el sur y mediterránea, según edafólogos y técnicos. Pero continúan algunos eruditos dando rienda suelta a su imaginación sobre la procedencia. Incluso profesores de la Facultad de Filosofía de Córdoba, han encontrado notas sobre esta uva publicadas en el siglo XV, lo que da al traste definitivamente con la leyenda del soldado español de los Tercios de Flandes.  Parece que a partir de los comienzos del siglo XVI la variedad de uva Pedro Ximénez se extendió por el sur de la provincia de Córdoba desplazando por sus excelentes cualidades a otras cepas. Enrique Garramiola en un libro de Escribanía Pública de Diego de Aguilar, fechada el 3 de Abril de 1574. Dice así: “Ante los licenciados Alonso Cabrera y Santa Cruz, abogados, y Gaspar Díaz de los Reyes, vecinos de la villa de Montilla, Antón Ximénez Toledano, se obliga a entregar a Juan de Vera, mercader, que está ausente, ambos también vecinos de dicha localidad, veinte y cinco cargas de uva Pedro Ximénez, de la cosecha del presente año, al precio que rija en Montilla por el día de Nuestra Señora de Septiembre venidero”. Es decir, hay apuntes de historia por todos lados en los que se indica que en la zona se cultivaba la vid desde hacía mucho tiempo, de la mano de los repobladores castellanos.
Tal vez ha llegado ya el momento de publicar que Pedro Ximénez no es un soldado anónimo. Pertenece a una familia de Aguilar muy conocida y cuya sangre circula mezclada con otras por casi todos los aguilarenses actuales. Se trata del primer Varo que llega a Aguilar, llamado Pedro Ximénez de Varo. Durante varias generaciones se mantuvo el mismo nombre de Pedro Ximénez de Varo y durante varias generaciones fueron militares. Fueron dueños de tierras y conocimos su dedicación a la viña. No es extraño que en la leyenda algunos detalles coincidan con la realidad. El que da el nombre a nuestra variedad de Pedro Ximénez, era militar, cultivó viñas y tal vez alguno de sus miembros estuviera alguna vez en los Tercios de Flandes, pero mucho antes ya cultivaba sus propias viñas en sus tierras repobladas de Aguilar. Es más fácil pensar que algún familiar de los Pedro Ximénez de Varo trajera las cepas del sur, en sus correrías por el Condado de Huelva que del Rhin.
Esta es una reseña, con cariño, para todos los Varo. Espero que os guste.



La navaja del abuelo


Encontré en mi casa un cuchillo de cocina de esos que llaman los modernos, un punta. Corto y de mango amplio aunque de empuñadura de plástico. No sé cómo ni de qué manera, me sorprendí a mí mismo cortando finísimas lascas a una cuña de queso manchego que me sabían a gloria. En un segundo me transporté a mi niñez, a la Calzailla, donde un viejo de antaño sentado a la puerta de su casa en su silla baja, labraba con su navajilla un tacique de pan y un trocito de queso duro de oveja. Posiblemente he tardado sesenta años en comprender lo que era capaz de hacer la navaja del abuelo y el placer de dioses que es comerse con una navajilla modesta de Albacete, comprada en “ca Ramón” o en “cá Marino”, un cacho de pan con queso.

Dicen que no existe un candeledano al que no le gusten las navajas. ¡Nos metíamos tanto con mi primo Nano por su afición a las navajas…! Pero lo cierto es que yo, cuando viajo y paro en los bares de carretera, me quedo mirando los expositores de navajas como un tonto. Y también, como buen candeledano, acaparo navajas de todo tipo. Me dicen que es una manía. Pero es que soy hijo de mi tierra.

Hoy, es la modesta navaja del abuelo la que llama mi atención. Pequeña y manejable, permitía a aquel abuelo el poder llevarse a su boca desdentada las pasas. Así llamaban los cabreros al queso, chorizo y salchichón de la merienda, porque el lomo y el jamón de la matanza, por necesidad, muchas veces era vendido. Tal vez lo llamaban pasas, porque se ponían tan duros como piedras en las alforjas o en el zurrón, después de todo el día trasegando entre las piedras de los montes. Pero lo cierto y verdad es que así llamaban a esas viandas en la Edad Media y nuestros padres seguían hablando su castellano antiguo heredado.  Yo, del queso he pasado al salchichón y al resto de las pasas y he descubierto que haciendo pequeños y finos cortes, todo me sabe mejor. ¡Caramba con el abuelo ¡ Confieso que soy un mago con el cuchillo y el tenedor que introdujo en Europa el cordobés Ziryab, pero desconocía que la navajilla del abuelo es capaz de conseguir que el queso y los embutidos sepan mejor.

No me podía imaginar que una modesta navajilla hiciera aflorar en mí sentimientos tan amables. Los recuerdos candeledanos empiezan a amontonarse. Las varas remondadas y peladas con la navaja, para hacer las espadas para el combate. Aquellos tubos huecos a modo de cerbatanas, lanzadores de pipos de bolillas que más de un disgusto nos dieron en las escuelas. Aquellos viscales rebeldes que merecían ser cortados de algún costal de grano. También hacíamos los lazos para coger los mirlos y pájaros y todo cuanto podíamos necesitar para jugar, trabajar o inventar. Para todo esto y más estaba la navajilla pero lo sorprendente para mí, es que al cabo de los años descubriera las bondades de la modesta navaja del abuelo.

Allí en la Calzailla, el tío Pintasantos esculpía con su navajilla ramas gordas y troncos de árboles. Hacía esculturas de la Virgen de Chilla, morteros, vasares, cucharas y tenedores de madera… y no recuerdo cuántas cosas más. Además labraba y dibujaba aquella noble madera como un gran artista que era. Estoy seguro que su obra permanece en las casas de Candeleda todavía.

De mi altar de recuerdos, he sacado una foto a una navaja candeledana  que conservo y cuido con culto y veneración. Es la navaja del abuelo. Es la última navaja de mi padre.

sábado, 6 de junio de 2015

Un día normal

La diana es antes de las siete de la mañana. Me aseo e inicio los preparativos para el desayuno… abro la puerta de la calle y dejo entreabierta la puerta de entrada a la casa. Sale el café y me dispongo en mi sillón a escuchar las noticias de la mañana. Apenas dos minutos han transcurrido cuando sigilosamente la preciosa Adriana aparece en dirección al sofá. Tras ella Carlos, sigiloso y zombi, cae también en el sofá y entra en profundo sueño en un segundo. Pedir un beso es obligado aunque pospongo el pago del mismo por razones obvias. Cuando Adriana advierte que la televisión no pone “dibujitos”, viene a mis brazos y me pide que le ponga Bob Esponja. Ya en mis brazos, vemos los dibujitos mientras Carlos sigue en profundo sueño en prolongación de su propia cama. Está tan acostumbrado que no puede distinguir si es su cama o el sofá del abuelo. Baja la abuela y Jose, el papá de Carlos, aprovecha para hablar de la ropa de los niños, de las cosas del colegio y de otros rollos escolares y familiares. Se va corriendo al trabajo una vez que se toma una gota de café.
Carlos abre solo un ojo mientras aplasta su cara en el sofá. Algo le ha llamado la atención de Patricio, sin duda. Adriana no para de hablar. Hoy debe haber dormido muy bien. Me dice que ella quiere aprender a leer. Le escribo las vocales en su espalda y me extraño pues acierta casi todas. No puede ser, es muy pequeña. La abuela termina y se lleva a la pizpireta Adriana a vestir. Yo me quedo con el encargo de despertar a Carlitos que no está dispuesto a dejar de dormir. Con pellizcos y molestos achuchones, Carlos abre otro ojo y me dice desafiante. ¿Me levanto? Alguna vez se levanta y se sube a mi cabeza en una pelea de lucha grecorromana y cae de nuevo al sofá donde vuelve a dormirse profundamente en otro escaso segundo. Me voy a la cocina a preparar los bocadillos y la botella de agua, de los dos personajes. Les preparo sus mochilas. Advierto sorprendido que Carlos ha subido solo. Aprovecho para ver mi email en el teléfono, al tiempo que oigo algunas noticias.
La abuela, arriba, habla animosamente con los dos mientras les asea y viste. Apenas unos minutos más y bajan dos preciosos niños, con uniforme de colegial planchado, lavados y peinados. Lo que hago es mirarlos y remirarlos. Después me regodeo en el orgullo de que son mis nietos. A la hora fija de menos diez, los recoge su tía la maestra y juntos van al colegio. Allí estarán toda la jornada hasta las dos y diez que los vuelve a dejar en casa de nuevo.
La paz aparece en casa. Son las nueve de la mañana. Me enfrasco en el trabajo. Abro los ordenadores, hablo y chateo con medio mundo, atiendo y contesto el correo. También mi mujer aprovecha para hacer algún recado en la calle y sale raudo sin pérdida de tiempo. Antes de salir, María aparece para dejarnos a Roque, el perro de Jero. Roque entra presuroso y contento. María con prisas, se va a despedir su soltería con sus amigas a Málaga.
El tiempo se me ha pasado volando cuando antes de las once oigo unos suaves golpecitos en la puerta. Acostumbrado a los repartidores de la moderna logística, entreabro la celosía y aparece las deslumbrante cara de mis mellizos con su blanca sonrisa, en su doble carrito de bebés. Hay que emplearse en aperturas de puertas y en el desenredo de estorbos para meter en casa tan aparatoso carrito. Los mellizos ocupan y llenan todo empezando por captar toda tu atención. Se me olvidó el trabajo y la tarea pendiente.
Cristóbal quería mis brazos, mientras Vera nos miraba con su complaciente sonrisa. Llamé a los gatos para avisarles que habían llegado estos otros dos personajes. Curro y Pepe en las escaleras, saludaban a Cristóbal y a Vera con  desconfiante mirada. Cristóbal, en mis brazos, daba gritos nerviosos mientras acercaba su mano para tocar la cabeza de Pepe. Vera, embutida en el alveolo de su carrito, miraba sonriente. Así transcurrieron pocos minutos antes de llegar la abuela. Inmediatamente la abuela bajó una gran alfombra donde los mellizos pudieran estar a sus anchas, que extendió en toda la antesala. Bajó también un gran cesto de muñecos y juguetes que vació en la alfombra. Curro y Pepe buscaron su sitio en la alfombra también pero el inteligente de Roque encontró un punto alejado y tranquilo bajo la mesa del comedor. Los mellizos, alegres y temerosos a la vez, tocaban a los animales al tiempo que escondían y protegían sus manos dando gritos y cerrando los ojos cuando alguno de los animales se les acercaba.
Había que cocinar y hacer la comida pero ¿cómo? A saltos pudimos los abuelos hacer alguna cosa en la cocina, pero inmediatamente Cristóbal, a gatas, cogía sonriente el pantalón del abuelo y al final, terminaba en sus brazos. Entre juegos y fiestas de los bebés mellizos, llegó Pablo y al verlos, se llevó una gran alegría. Pablo sabe muy bien lo que quiere por ello cogió un dedo de la mano del abuelo y le condujo al congelador. Abo, olo. Pero Pablo no podía comer un polo antes de comer, su madre se negaba, de manera que el abuelo se empleó en distraer con juegos a otro personaje más. El bullicio ya era importante cuando Pablo dijo, “avo, Pepe”. Evidentemente quería dar de comer una loncha de pavo al gato Pepe, así que con un trozo de loncha de pavo en la mano, Pablo iba tras los gatos. Llegó la hora de dar de comer a los mellizos y la abuela se ocupó de ello. Mientras daba de comer a uno, el abuelo jugaba en sus brazos con el otro. Es posible que pudieran dormir quince minutos cada uno, en todo caso ello fue una casualidad.
No pasó mucho tiempo antes de que llegaran los colegiales Adriana y Carlitos. Estos al descubrir a los mellizos y a Pablo, adivinaron la fiesta y se pusieron a loquear. Rápidamente subieron arriba para cambiarse de ropa y les dirigimos a la cocina para que comieran espaguetis con tomate. Pablo también emuló tener un platito, pues ya va siendo mayor. No en vano pronto cumplirá dos años. A los postres, voces, gritos, saltos, patadas al balón… Las fuerzas empezaron a faltar, cuando la abuela muy perspicaz, puso una copa de vino al abuelo en la mano. Adriana y Carlos dominan la casa y la situación. Saben dónde está todo y disponen de lo que quieren y cuando quieren. Por ello no les gusta mucho cuando llegan sus padres a por ellos, pues les interrumpen sus juegos. El caso es que llegó Cristóbal y después Jose, a por sus hijos.
Pablito y Carlos se fueron los primeros con sus padres, Ana y Jose. Los demás quedamos a la espera de Marta quien había salido ya de Córdoba. El viaje de Córdoba con los calores del estío, no dejar de ser una heroicidad a estas horas. Por este motivo, cuando Marta llegó, querían llegar a su casa sin detenerse más. Eran casi las cuatro de la tarde cuando, sin poner mantel en la mesa, los abuelos comieron y se quedaron solos.
La siesta era merecida y aunque no se duerma, al menos se descansa viendo o zapeando la televisión.
No eran las seis de la tarde cuando llegó Felisa con su sonrisa. Felisa transmite su alegría y dan ganas de estrujarla. Es alegre y no se está quieta. No para de moverse, por lo que va de brazo en brazo de los abuelos sin que estos puedan estarse sentados en un solo sitio. Como viernes que es, Ángela habla de llevar los niños al parque y cuando Quique llega, ya se ha organizado la salida al parque por la noche.
El abuelo aprovecha para ponerse a trabajar. Habla con Nueva York, con Chile y con Córdoba. Pero termina pronto y no se compromete a nada más porque se tiene que duchar, vestir y llevar en su coche el cochecito de los mellizos, dejado a propósito en casa, por el calor del mediodía.
El parque estaba lleno de niños jugando y lleno de padres jóvenes sentados en la terraza del bar. Carlos jugaba a la pelota con otros niños mayores y Pablo andaba de un sitio para otro, conocedor del lugar y sobre todo del tobogán, aparato que le encanta. Felisa, en brazos de unos y de otros no perdía detalle de los que llegábamos. El abuelo se sentó presidiendo la mesa más grande y larga de la terraza. No hizo falta hablar mucho más. La mesa se fue llenando con la llegada de los mellizos y de Adriana con sus padres. Más tarde llegó Quique, al terminar su trabajo. Los niños jugaban alegres, los bebés iban de brazo en brazo. El abuelo siempre tenía un bebé en brazos. Felisa, Vera, Cristóbal, hasta que fueron cayendo dormidos. Mis hijos hablaban… el abuelo, yo, pensaba que podía ser el hombre más dichoso que allí había.

Nos recogimos a una hora muy prudencial por los niños. Ya en la cama, oí llegar a mi hijo Jero a casa. Para entonces, ya el abuelo no tuvo fuerzas para levantarse de la cama. Pensó que lo que ya solo tenía que hacer en su vida, era solamente querer a su mujer a sus hijos y a sus nietos. Y soñó con los angelitos de sus nietos, pensando en un merecido descanso de un día, llamemosle, normal. El abuelo, yo,… durmió profundamente.

sábado, 5 de abril de 2014

Mágica noche de San Juan

En la mágica noche de San Juan, cuando Pepe Callejón organiza a través de la asociación Puerta del Agua un ágape de convivencia mágico cultural, mi hija Marta recogió pensando en mí un minipergamino enrollado con cinta de raso y con una frase de Vicente Núñez, entresacada de sus sofismas.
       “Quienes se enredan en los delirios de la sabiduría no encontrarán la hermosura”
       Confieso que no me quedé tranquilo ni con el pensamiento ni con la intención del regalo. Al quitarme y ponerme las gafas de lectura que utilizamos a partir de los cincuenta años todos los humanos por el desgaste de la retina, me di cuenta de algo que podía ser una explicación. Yo nunca quise ser sabio, sino aprender, o mejor, conocer el mundo y la vida que se desarrolla en él. Por ello siempre he tratado de ponerme unas gafas que me permitan poder comprender el mundo. Me pruebo unas, me las quito. Pruebo otras, veo casi bien pero no bien del todo. Me gradúo la vista pero al poco tiempo veo borroso. Y este es el signo de la vida para el común de los humanos. Nos pasamos la vida buscando unas gafas para poder ver con claridad el mundo y comprenderlo. Por lo tanto yo nunca tuve delirios, siempre estuve buscando gafas que me permitieran ver donde vivo.
       En nuestras conversaciones diarias me doy cuenta de lo mucho que le interesa la política a quien habla de ella, de lo mucho que le interesa Dios a quien habla de Él, de lo mucho que le interesa el comportamiento de los hombres a quien habla de ello. Y a todos nos preocupa saber quiénes somos y saber a donde vamos.

       Hace tiempo que tengo unas gafas de ver el mundo y la vida y he podido comprender cuatro cosas muy importantes en la historia de la humanidad. Una es la razón que los griegos no enseñaron a usar. Otra es la ley, que los judíos nos enseñaron a respetar. Otra es el amor que nos trajo Jesucristo como único norte de la vida. Y otra es la compasión budista que nos enseña cómo respetar a los demás. Son cuatro claves de la vida que se pueden ver con mis gafas. Pero no siempre veo el mundo con claridad. Veo borroso muchas, muchas veces.

       No se si será la mágica noche de la Puerta del Agua pero mis gafas de comprender el mundo me hicieron descubrir por encima de la uniformidad y de la mismedad, como decía Zubiri, dos nombres. Uno se llamaba Teilhard de Chardin. El otro Ervin Laszlo. Teilhard aplicó la teoría de la evolución al hombre e hizo el Universo más inteligible. Con Laszlo y sus teorías de los tres grandes reinos de la evolución, el medio físico de la evolución de la materia, el reino biológico de la evolución de la vida y el reino de la historia que comprende la evolución de la sociedad humana, pude comprender mejor éste mundo que nos rodea. ¿Me habrá traído San Juan unas gafas definitivas?
       Sentados en círculo, los magos nos hablaban a la luz del fuego y unas notas musicales flotaban en el aire sacadas del piano por las manos de mi hijo Jerónimo. Momentos de sublime sensibilidad nos introducían en la mágica noche. En la oscuridad divisaba un radiante rostro de una vestal. Era mi hija Ángela impresionada por las disertaciones de quien decía hablar con los del más allá.

Ya en la recogida, casi al alba, la mágica noche de San Juan me traía recuerdos de mi tierra. Oía una cancioncilla.
Que quieres que te traiga, serrana,
que voy de feria.
Para manos tan blancas,
sortijas negras,
sortijas negras.
¡A cortar el trébole, el trébole, el trébole!
¡A cortar el trébole,
la noche de San Juan!
¡A cortar el trébole,
los mis amores van!
       La cancioncilla seguía diciendo que la muchacha era como la Rosa de Alejandría, colorada de noche y blanca de día. Que era como la nieve que cae a copos, por eso te quieren tanto mis ojos.
       La noche avanzaba con su negritud y mis pensamientos se tornaban al sofisma de Vicente Núñez. No encontrarás la hermosura. Pero yo veía la hermosura de mi hija Marta con su sonrisa tan especial. Marta todo lo llena de hermosura.  Pienso que es mi Rosa de Alejandría. Su sonrisa alegre, clara, limpia…es el espejo de su alma. Veía  la hermosura que me rodeaba, en todos mis hijos. Ángela, mi pequeña, radiante y preciosa toda la noche. Jeromín llenando la noche de sensibilidad con su piano. Y la hermosura de Ana, mi hija mayor, heredera de sublimes beldades. Ella no estaba allí, pero su sombra se esparcía entre nosotros para el gozo mío y de mi mujer.  Me duermo lentamente abatido por el cansancio del largo día. Contento. Satisfecho. Ha sido una mágica noche de San Juan en la Sierrezuela. Y llena de hermosura.

martes, 18 de marzo de 2014

Una lágrima a título póstumo

Me he encontrado éste escrito en mis papeles…y no he dudado de enviarlo a publicar, pero nigún medio lo hace. Parece como si estas  notas  estuvieran fuera de lugar.  Sentí cómo los marginados eran marginados. Nadie los quería. Y arremetí contra todos. Después de veinte años sigo pensando lo mismo.

“Hace mas de diez años escribí una carta abierta al Gobernador de Córdoba y a las autoridades de Aguilar tales como alcalde, juez, policía y guardia civil, curas e iglesia, en la que pedía que matáramos a Solecito. Mi carta arremetía con todos aquellos ciudadanos de orden, cofrades todos ellos de mil cofradías, padres intachables y modélicos, que pedían castigo para aquel chaval que para meterse la muerte en sus venas nos tenía acostumbrados a los pequeños hurtos y fechorías, todos con su nombre y apellidos. Apenas si se escondía, lo que indicaba que no era ningún ladrón. No tenía apenas nocturnidad ni alevosía en sus fechorías. Estaba necesitando ayuda, pero nadie se la daba. Mi carta requería a las autoridades que se ocuparan de él y en un arrebato de rabia pedía que Dios demandara a nuestras autoridades y políticos, muy ocupados en insultarse y querellarse unos contra otros, su responsabilidad en la muerte de Solecito, porque era una letra a noventa días. Aquel chaval de veinte años molestaba a todos. Y yo creía que la sociedad debía ayudarle porque si no se le ayudaba, éste moriría. Pero no tuve reaños de publicar la carta, o tal vez era una de tantas rabietas mías contra esta jodida sociedad del bienestar, de la que yo una veces soy empleado y otras empresario creador de negocios y empresas y por tanto, muy conocedor de las asquerosidades que huelen a intereses egoístas y dinero, dinero ante todo. Y me culpo por ello. Nos hemos levantado un día mas en Aguilar. La mañana está fresca y el día empieza a alborear. Los aceituneros ultiman las peonadas de la cosecha yendo al campo a primera hora de la mañana. Las calles empiezan lentamente a llenarse de ruido. Los bares del pueblo sirven el primer café y allí se oye el primer comentario. “Disen que El Solesito murió de sida en la cársel de Córdoba”. Un silencio se hizo en mi corazón. Le pedí a Dios que le acogiera en su seno y maldije a cuantos políticos, jueces, gobernadores, curas, obispos, ministros, presidentes y guardias civiles que pasaron por mi cabeza, y, también a cuantos cofrades modélicos padres de familia pedían justicia y paz en el pueblo y que lo que había que hacer era encarcelar a Solecito. Aquel atardecer, por aquel camino, yo le explicaba a aquel muchacho que apenas conocía, que debía dejar los porros y la droga, aunque yo no sabía a ciencia cierta que podía estar consumiendo droga, pero amagaba por si acaso. La verdad es que era un problema siempre en el trabajo. Creo que no trabajó nunca en otro sitio. ¿Quién podría contratarle?. En aquellos días el Ayuntamiento le concedía algún que otro día de trabajo al salir en las listas del Inem. Pedía su jornal por adelantado y yo le decía que a partir de aquel día no le íbamos a dar más anticipos. No perdía la cara a su problema y aquella tarde me decía que necesitaba ayuda, que ahora se encontraba muy ilusionado porque había una chica a la que quería y quería poderle ofrecer algo bueno. Sin esperanzas, sin futuro...la gente dice que no quería poner nada de su parte. La droga mata, pero apenas si se tenía veinte años. Cada vez era mayor la dependencia. Solecito nos pedía dinero porque no quería robar. Pero se llevaba todo lo que podía. Nos vendía papeletas de rifas inexistentes. Y aguantaba todo y a todos. A los buenos que le daban consejos, a los que le propinaban puntapiés físicos y morales. A los viejos y a los jóvenes. Pero todo el pueblo pedía que se lo llevaran, que lo encerraran, que no volviera. Y la gente sabía que no era malo. De vez en cuando, con la borrachera o con la droga cabalgando hacia la muerte, balanceándose porque apenas si se tenía en pie, entraba en la iglesia e iba a comulgar. Quería, tenía necesidad de recibir al Señor, el único que no le aprisionaría. Aquel muchacho escoria de Aguilar comulgando… Vaya cuadro para los cofrades perfectos padres eméritos. Con el cura Pacho comenté mas de una vez la estampa de Solecito comulgando. Impresionante. Pacho le daba al Señor con agrado. A Solecito le daba igual confesar, que no confesar. Nos molestaba su estampa pero nadie le ayudó. No tuve valor de sacar a la luz pública aquella carta que escribí hace diez años en la que harto de los comentarios de “la buena gente”, proponía acabar con el problema condenando a muerte a Solecito y arremetiendo contra todos aquellos que no le ayudaban, sobre todo contra las autoridades, porque estábamos viendo todos que Solecito se moriría joven. Y se murió. En los últimos tiempos, con su sida a cuestas, sin fuerzas para hablar y molestando con su sola presencia, le echaban de autobuses y espacios públicos donde había gente. Detención tras detención. Juicios y juicios. Penas y penas. Y pagando cárcel a la justicia, empleó su vida de adulto. Apenas una década de un hombre que no era malo. La cárcel lo destrozó definitivamente y por fin lo matamos entre todos. Yo maldigo a esta sociedad del bienestar. A la que premia a los inteligentes y sesudos, a la que ríe con los pudientes. Maldigo a sus dirigentes y a sus banqueros y a cuantos imparten su justicia de justos. Maldigo a los perfectos padres de familia que son espejo de modales y costumbres. Maldigo a cuantos religiosos de cualquier credo cohabitan con no se qué credos. Maldigo a esta sociedad nuestra que entre tambores de Semana Santa matamos a nuestra buena gente que cae en la droga y no les tendemos ni una mano. Uno a uno y uno detrás de otro, se nos mueren jóvenes drogadictos. Y me maldigo yo también. Soy un mediocre y vulgar hombre de pueblo, un pequeño número, un pequeño nada. Pero Solecito fue menos y nadie le socorrió. Tal vez aquella muchacha de la que un día me habló, pero creo que todo terminó con el alba. Este es mi homenaje, Solecito. Publicar la carta que escribí hace diez años. Reivindicar tu memoria de muchacho bueno. Y maldecir la poesía, la felicidad, la belleza, la fe, la dignidad, la alegría, la honestidad, el honor, el trabajo, el amor, y todo aquello que tú no tuviste. Y termino pidiendo una sola lágrima por ti y por tantos como tú, que tenemos entre nosotros, de cuantas personas lean este sencillo homenaje, para que allá en el cielo, donde estoy seguro de que estáis, le digáis a vuestro Padre que algo habéis recibido en la vida…, una lágrima a título póstumo.”

sábado, 7 de septiembre de 2013

BIZCOCHO PLANCHA

A vueltas con mi pastelería... Se me va a olvidar el oficio. Y hay que dulcificar la vida. Que conste que tengo mucho interés en que estas recetas las hagan los hombres. Pero son las mujeres las que me las piden. Es de las pocas cosas que me piden...¿Cómo no se las voy a dar? BIZCOCHO DE PLANCHAS 12 Huevos 300 grs. de azúcar 250 grs. de harina floja 50 ml. almíbar (azuc + agua) 1) Desclarar los huevos 2) Montar las claras con 2/3 partes del azúcar hasta conseguir el punto de nieve, bien fuerte. 3) Montar las yemas a mano con el resto del azúcar y el almíbar, hasta blanquear las yemas. 4) Añadir las claras montadas al batido de yemas. Una vez ligado todo añadir la harina TAMIZADA con cuidado para no bajar la masa y que ésta se quede homogenea. 5) Escudillar en la lata a 1 cm. de grosor. 6) Cocción a 200º - 210º, con tiro abierto y a 7 minutos. Puede ser 10 ó 12 minutos si la temperatura del horno es menor. Salen 3 planchas, de un horno casero normal.

A PABLO



Te presentaste por sorpresa.

Pequeño y humilde,

no podías llamarte más que Pablo.

Las Perseidas te definían emotivo, cuidadoso, diligente.

Pero yo ya te quería fueras como fueras.

Y eras tú. Original, inteligente y buscando tu propia autoridad

entre los niños que te precedieron.

Aquella calurosa noche de agosto

una rauda estrella rasgó el firmamento y clareó todo el cielo.

Pedí un deseo, sabía que venías ya.

Ardí en deseos de abrazarte y decirte

que te querré miestras viva, que te protegeré.

Que sepas que siempre estaré contigo

porque los abuelos siempre están.

Solo que un buen día, símplemente desaparecen.

El abuelo.