sábado, 4 de febrero de 2017

Cordón franciscano de la calle del Pozo. Cosas candeledanas.


Tantas veces entré a la casa de mi amigo Miguel Ángel en la calle del Pozo que la fachada me pareció siempre familiar y muy normal. No advertí jamás que aquel cordón franciscano, era el símbolo de que  aquella casa había sido habitada por la orden de San Francisco. La portada adintelada con el cordón franciscano como elemento decorativo, es un símbolo que representa a la Orden Franciscana fundada por San Francisco de Asís en 1209. Muchos edificios de España, dependientes o vinculados con esta orden religiosa guardan este símbolo en su ornamentación externa o interna. Los franciscanos llevan atado, al sayal que tienen como hábito, un cinturón con tres o cinco nudos. Los tres nudos significan los tres votos de pobreza, obediencia y castidad. Los cinco nudos representan los estigmas de Jesucristo por la crucifixión. El cardenal Cisneros, que era franciscano, solía poner el cordón en los edificios que él amparaba.

Es posible que el Arzobispo de Toledo, Primado de España y Canciller Mayor de Castilla, cargos todos ellos del cardenal Cisneros,  tuviera relación con la hija de los duques de Maqueda, doña María Enríquez de Cárdenas. Doña María pertenecía a uno de los linajes más señeros del siglo XV y XVI y se distinguió por ser la promotora de la construcción de grandes obras en sus villas. Hay que decir que su marido era el tercer Señor de Candeleda. Y hay que decir que en ésta época se reformó la iglesia de Candeleda a su configuración actual y se construyó el edificio del Hospital y también se construyó el Rollo símbolo de la justicia en la villa. De esta época data el cáliz de la iglesia de Candeleda, datado entre 1500-1522.

El tercer señor de Candeleda era,  Francisco de Zúñiga y Avellaneda y Velasco, 3er Conde de Miranda del Castañar, Grande de España, 12º señor de Avellaneda, 3º señor de La Puebla y Candeleda, virrey de Navarra y caballero del Toisón de Oro. El palacio de los Zúñigas estaba en Valladolid y el palacio de los Avellaneda estaba en Peñaranda de Duero. También en Peñaranda construyeron la Colegiata de Santa Ana y el Hospital de la Piedad para ayudar a los pobres necesitados de Peñaranda y su comarca. Pero esta importante familia vivía alrededor de la corte y se movía con ella. El señor de Candeleda  con su suegro el Duque de Maqueda, fueron a Fuenterrabía a recibir a la Princesa Juana y a su marido Felipe el Hermoso y servían al rey de España en innumerables misiones de confianza.

Candeleda tenía entonces 1500 habitantes y una numerosa población de origen judío con su aljama y el señor de Candeleda era una de las veinticinco grandezas de España, creadas por Carlos I y miembro del Consejo de Estado.

Por aquella época, el Prior del Monasterio de San Agustín de Toledo, era Fray Francisco de Candeleda. Parece ser que ejerció el cargo desde 1509 hasta 1518. Lo conocemos porque Fray Alonso de Ávila le confirmó la profesión el 12 de marzo de 1512 en el Monasterio de San Agustín de Salamanca. Estos hechos pretenden relacionar de alguna manera a Candeleda con el cardenal Cisneros y tendríamos así la razón del cordón franciscano en el dintel de la casa de mi amigo Miguel en la calle del Pozo.

Otras órdenes religiosas antes o después tuvieron relación con Candeleda. Tal es el caso de Alonso de Candeleda, criado del Inquisidor Tomás de Torquemada, dominico, cuando era Prior del Convento de Santa Cruz el Real de Segovia en el último tercio del siglo XV.

También el franciscano sacerdote Juan de Candeleda, parte para Filipinas el 22 de marzo de 1653 junto con otros 28 religiosos procedentes de los franciscanos descalzos del convento de Priego. Otro Alonso de Candeleda, franciscano, parte el 30 de junio de 1673 para Filipinas con 36 compañeros más, casi todos sacerdotes. ¿Podrían ser éstos misioneros franciscanos la razón del cordón adintelado? Podrían ser, pero tampoco tenemos evidencias.

De aquella época, el misionero en Filipinas más famoso fue Fray Hipólito de San Agustín, pues fue un misionero cautivo.

Los vecinos de Candeleda Juan de Frías Arionaz y Ana Gómez, eran una familia muy estimada en Candeleda  y en la comarca porque además de su limpieza de sangre, eran gente de una posición desahogada que ayudaban a los pobres, repartían limosnas y tenían una intachable conducta. A sus hijos les educaron en la piedad y en el temor de Dios. Tenían un hermano en el Real Monasterio del Escorial, de la Orden de los Jerónimos, de manera que allí enviaban a sus hijos. Uno de ellos, el mayor era Juan de San Agustín (Candeleda 1701- El Escorial 1745), llegó al Escorial siendo niño y allí se dedicó a la música, tocando el “bajón” muchos años, apareciendo en el catálogo de monjes músicos de El Escorial. Hipólito entró con una beca en el Monasterio para ser religioso de la Orden de los Jerónimos, de la mano de su tío y de su hermano y tras estudiar tres años de filosofía y a pesar de su valía, fue desestimado para tomar los hábitos porque no podía haber en la comunidad tres parientes consanguíneos, de forma que le aconsejaron ir a otro monasterio Jerónimo en Murcia. Perplejos por la decisión, su mismo tío le aconsejó tomar los hábitos en otra orden religiosa y continuar así la vida religiosa. Así solicitó dispensa e ingresó en el noviciado de los agustinos en Madrid. En 1721 tomó los hábitos. Continuó en Maqueda ampliando estudios y allí fue reclutado para misionero en Filipinas, partiendo desde Cádiz el 5 de Julio de 1725 para Filipinas. En la escala obligada de Méjico, cantó su primera misa al ordenarse allí sacerdote. En Julio de 1726 salió para Manila. Fue destinado al Convento de San José de Romblón donde aprendió el idioma nativo bisaya. En el Capítulo de 1728 y debido a su buena fama fue nombrado Prior del Convento y Ministerio de Cagayán en la isla de Mindanao. En el Capítulo de 1731 fue nombrado Procurador General de la Provincia. En 1734 es reclamado por sus fieles y vuelve como Prior a su Convento de Cagayán donde creció su fama entre creyentes y no creyentes, los cuáles venían a hablar con él desde las montañas. Tanto es así que los moros de la Laguna de Malanao le pedían que les diera servicio, a lo que se oponían los jesuitas por corresponderles a ellos, a pesar de que los nativos solo querían a los agustinos. Esta polémica duró hasta 1737 en que hubo un pacto de las autoridades.

La fama del padre Hipólito creció entre los nativos que le tenían en gran estima. Así se hizo pariente de los principales jefes infieles mediante el sardugo, que era una especie de hermanamiento de sangre, pues se pinchaban el pecho y se intercambiaban la sangre. Esta unión de fuertes lazos de amistad hacía posible que los nativos bajaran a Cagayán para hablar con Hipólito de todo cuanto podían tener necesidad. Al fin le permitieron llevar a la región de Botinai y Lobo, que era la tierra de estos moros, una misión. Pero tenía que ir él mismo. El Capítulo provincial de 1740 se celebró en Manila y allí tuvo que ir el candeledano Hipólito. Fue nombrado un cargo y además pidió autorización para establecer la misión de acuerdo con la petición de los nativos. Concedida la autorización Hipólito partió en barco para su nueva misión cuando le salieron tres barcos que se dedicaban al corso y les abordaron. Todos salieron huyendo a la playa y de allí a esconderse en los  montes, pero Hipólito estaba con fiebre y desfallecido, de manera que a pesar de haber llegado a la playa ayudado por su criado nativo Ambrosio, permaneció allí hasta que le apresaron los moros que le llevaron con una soga al cuello prisionero. En aquella cautividad se encontró con otros cristianos cautivos que conocía de aquellas tierras. También su criado Ambrosio se entregó voluntariamente para estar con él.

Los moros se llevaron a los cautivos en barco en una penosa travesía, en la que apenas les daban agua y apenas comida. Les daban unos palos de cañas para comer o para engañar la comida. Viajaba en un hueco inmundo rodeado de otros cautivos, con muy poca salubridad. Sin embargo Hipólito trató de ayudar todo lo que pudo sobre todo haciendo labores de médico, gracias a sus conocimientos adquiridos, a todo el que lo necesitaba. Se unieron otros barcos de moros a la expedición que se burlaron de los cautivos apresados y continuaron el penoso viaje dirigiéndose al lugar de los moros tirones. El jefe de la tribu de los joloes al ver al padre Hipólito quiso comprárselo a los moros tirones, pero estos no accedieron. Yalve, así se llamaba el jefe de los joloes, como no pudo convencer a los moros tirones, sacó como una daga, cortó la soga de Hipólito y lo lanzó al agua al tiempo que se lanzó tras él. A nado llegaron a la orilla de la playa, que era tierra de los joloes donde no podía entrar los moros tirones. Los moros tirones eran de los más despreciables. Solo se reunían para robar y para hacer cautivos, practicaban la poligamia y algunos eran antropófagos. Sin embargo los joloes dieron de comer a Hipólito y le recuperaron con atenciones. Pronto llevaron a Hipólito a una isla de Jolo llamada Siboto donde había muchos cautivos cristianos. De allí pasó de una isla a otra hasta llegar a la isla de Jolo a la presencia del Sultán de Jolo. Fue atendido y alimentado y llamado para tratar de su rescate, por el que pidió seiscientos pesos. Eran trescientos el precio del rescate de otros priores anteriores pero el sultán no admitía otro precio. Le propuso a Hipólito quedarse allí en Jolo y que se casase o que se quedase de maestro. Él mismo aprendería lengua española. Para ello le daba una zona donde antes había habido una iglesia y le autorizaba a atender a los cautivos cristianos y a bautizar a los infieles que quisieran hacerlo. Pero Hipólito no aceptó. Hubo ofertas  por Hipólito al sultán que llegaron hasta diez mil pesos y como no se fiaba, mantuvo preso en una casa a Hipólito, pero bien cuidado en lo posible. La fama de Hipólito se agrandaba sobre todo cuando curó a la segunda reina de una enfermedad. Pero seguía estando preso y cautivo, elevando el rescate a doce mil pesos. Cuando se enteraron los españoles de Zamboanga, que conocían al padre Hipólito, desplegaron la diplomacia para convencer al sultán. Todavía duró el cautiverio hasta el mes de octubre en que se resolvió pagando doscientos pesos y una escritura de compromiso de pago hasta los doce mil pedidos por el sultán. Hipólito regresó a Zamboanga y de allí a Manila, donde pudo celebrar misas de acción de gracias. El Sultán de Jolo fue en visita oficial a Zamboanga y allí fue convencido a perdonar once mil pesos, por lo que le fueron pagados ochocientos que restaban del rescate de Hipólito.

 Mientras estuvo en Manila, los fieles e infieles de Cagayán solicitaron del padre Hipólito que creara una misión en los montes, cosa a la que fue autorizado y a ello se dedicó con entusiasmo hasta que en 1743 fue llamado al Capítulo Provincial de nuevo, despidiéndose de sus fieles con mucho sentimiento.  Efectivamente fue nombrado Procurador General de la Provincia y un poco más tarde,  Presidente del Hospicio de Méjico. Salió en barco para Méjico pero después de seis meses de calamidades, regresó la embarcación a Manila sin haber podido llegar a Méjico.

En el Capítulo de 1744, fue nombrado Vicario Prior de Cuyo donde estuvo hasta 1746. No le fue bien la estancia por el grado de corrupción que había y regresó muy calumniado,  enfermo y demacrado a Manila. Comprendió que iba a morir y tras pedir perdón a quienes pudiera haber hecho algún mal, recibió todos los sacramentos y murió el 12 de Julio de 1746, a la edad de cuarenta y tres años. Murió el candeledano Hipólito en Manila, siendo un completísimo religioso, envidiado por sus virtudes y muy celoso de las almas. Así lo resume su biógrafo.

Pensaba yo en lo curioso de este relato, cuando solo pretendía hablar del cordón franciscano de la casa de mi amigo Miguel Angel, en la calle del Pozo. ¿Quién me iba a decir a mí que tras este detalle podría haber tanta historia oculta de mi pueblo? Y así, pensando… pensaba en lo apasionante que puede llegar a ser la historia.

domingo, 29 de enero de 2017

Recuerdos de El Palancar, a la vera de Chilla.


Me encantaba ver aquel cielo estrellado. Apenas teníamos seis o siete años, pero no puedo olvidar aquel cielo estrellado del Palancar, aquel paraje justo debajo de Chilla. Los niños dormíamos al sereno mientras los mayores se reunían cada noche en tertulias interminables. Los aparejos de las bestias se echaban al suelo, junto a una de las paredes de la casa. Una almohada y las mantas completaban el lugar para el descanso. Así, embozados entre mantas y buscando con la cara la suavidad de la almohada, sentíamos en la otra mejilla la caricia del frescor de la noche,  mientras nos dormíamos contemplando el dulce titilar de las estrellas. Los aullidos de los perros y quién sabe si de los lobos, nos acompañaban hasta la madrugada. Nos levantábamos con el alba. Cuando los primeros rayos oteaban los montes de la Raya. Entonces era cuando la vieja nos daba las noticias. Esta noche una zorra estuvo en el gallinero y  mató tres gallinas. Un caldero de patatas y sopas colgaba de las llares sobre un pequeño fuego que había junto a otra de las paredes de la casa. Era un pequeño patio cocina, cubierto por un sombrajo de ramas de robles. Junto a las brasas, un pequeño puchero de loza hacía el café de achicoria para los niños. Los mayores comían del caldero común, mientras los niños migábamos un tacique de pan en un vaso con café y azúcar. Posos. Recuerdo el café con muchos posos. Pero no lo recuerdo malo. Terminábamos de quitarnos las legañas en el venero y a partir de entonces, el día era nuestro.
De la cola de los caballos cogíamos largos y fuertes pelos con los que hacíamos lazos para coger mirlos. Poníamos los lazos entre la maleza junto a la charca, para cazar los pájaros cuando se acercaban a beber. La fruta de los árboles era más buena por la mañana, de manera que cogíamos la fruta que queríamos. Después deambulábamos por el campo y subíamos a los árboles vigilando los huevos de los nidos. Siempre había alguna tarea que hacer encomendada por los mayores. Solía consistir en llevar algo a otra finca cercana. En ir y venir, empleábamos nuestro tiempo. Al cruzar la garganta por la altura del puente, nos encantaba bañarnos en el charco bajo el arco. No teníamos bañador ni toallas. Aprendimos a secarnos abrazando las grandes piedras de granito soleadas que absorbían la humedad al momento. Tras el agua helada, recuerdo la sensación tan agradable sobre la piel, de aquellas piedras calientes. Continuábamos nuestro camino con la sensación de libertad más hermosa a la que un adulto jamás podrá aspirar a tener. De vuelta a la casa nos esperaba la comida. En una mano un tacique de pan, en la otra una cuchara. Recuerdo que alguno de los mayores, en vez de pan, tenían en la mano un trozo de cebolla porque era costumbre comer cebolla cuando escaseaba el pan. El caldero se ponía en el centro de todos y puesto encima de una banqueta. No había sillas ni mesas. Nos sentábamos en piedras o poyetes o en pequeñas banquetas. Recuerdo la consigna. Quién más pueda, que más apriete. Después de comer, en tiempo de trilla, los mayores solían dejarnos trillar en la era solos. Entonces disfrutábamos subidos en el trillo conduciendo las bestias con el ramal en una mano y en la otra, la tralla. Caídas en la parva, risas, mareos, esperas de turnos… hasta el relevo de los mayores.
El sonido de las cencerras era cada vez más cercano. Mis amigos conocían por aquel sonido las piaras, de manera que íbamos a ver a Marcelino, o a Segu, o a Garralías. Nos encantaba subir aquellos montes y esperar subidos en los pedruscos la llegada de la piara. El cabrero nos ofrecía una cuerna de leche mientras jugábamos con los cabritillos y con los perros. Algunas veces no acudían al lugar porque se habían retrasado y a nosotros nos cogía la puesta de sol en la espera fallida. La puesta de sol era mágica en aquellas montañas pero sin duda era la señal para salir corriendo a la casa. Tras ir al gallinero por los huevos, nos esperaban las sopas de tomate para cenar. Humildes sopas y sin embargo, excelsas. Rendidos al fin, echábamos de nuevo al suelo los aparejos de las bestias, la almohada y las mantas. Y ya solo recuerdo las historias de los mayores, que dándose tabaco, hablaban y hablaban hasta quedarnos dormidos los niños.
De todas aquellas historias, recuerdo una que contaba el “tió” Perico el Tuno, cuando venía de visita algunas noches. Decía que se la había enseñado su abuelo. Y al abuelo se la había enseñado su otro abuelo. Y a éste su otro abuelo y así decía el “tió” Perico, cienes y cienes de años. Decía que tenían un libro que se terminó perdiendo y que tenía muchas canciones. Era un libro que había pedido guardarlo uno de aquellos moros que subían a ver las montañas en la antigüedad.  Le gustaba mucho una de las canciones que era la que contaba siempre. O tal vez era de la única que se acordaba. Decían también, que la tía Juana la Amacea sabía muchas letanías que curaban a la gente. Por eso iban a verla para la curación de muchos males la gente del lugar. Hablaban y hablaban… Alguno pedía al “tió” Perico que dijera aquellos cantares que en realidad no cantaba, sino que decía… Entonces  el “tió” Perico se levantaba  del grupo y distanciándose unos metros, miraba al cielo estrellado mientras exclamaba en alto algo así: “Yo soy el pastor de todas estas estrellas, astros y planetas. Todas están a mi cargo y yo las apacento. Las estrellas en la noche son fuegos de amor que alumbran las tinieblas de las mentes. Y yo soy el guardia del jardín verde oscuro del firmamento. El “tió” Narciso plantó las altas hierbas en el firmamento y el “tió” Tolomeo sabe que soy yo el pastor de los astros.”
Sin lugar a duda la tradición oral era aquella. Los hombres se contaban todo tipo de historias que habían oído de sus mayores. Y siempre contaban las mismas historias. Cuando el “tió” Perico recitaba estas cosas, siempre era muy jaleado. Les parecía que eran cantares muy difíciles de decir. O tal vez era la pose y el recitar en voz alta. Tal vez lo fuera. Lo que sí recuerdo son algunas de las explicaciones que venían después. Parece ser que muy en la antigüedad, venían a la Peña Caballera a ver las estrellas, los moros de Toledo. Y siempre las mismas preguntas…¿Es que en Toledo no hay estrellas?... ¡Pues mira que venir aquí y encima subir a la Peña Caballera que está a tres horas subiendo, de aquí! Pero eso era lo que había y nadie lo podía entender. Ni yo tampoco lo entendí jamás. La vieja contaba que en la majá de la Galana estuvieron viviendo su amor la mora Zaida y un rey Alfonso que tenía la mano mala. Y entre historias e historias… y el grácil titileo de las estrellas, entrábamos en un profundo sueño.
No puedo tener más que recuerdos agradables de entonces. A veces pienso que son recuerdos de lujo, si se pudieran calificar los recuerdos.
Pasaron muchos años cuando me enteré de la existencia de la ciudad andalusí de Vascos, un poco más allá de Oropesa. Efectivamente nuestras montañas estaban llenas de bereberes trashumantes, mozárabes o hispano-godos que eran la población autóctona, muladíes que eran los hispano-godos que se habían convertido al islam… Luego las historia de moros en nuestras montañas no deberían ser extrañas… Así pensaba yo mientras la curiosidad me embargaba.
Hace unos años, yo ya en Córdoba, se celebró un simposio sobre “El Collar de la Paloma”, que es el tratado de amor más famoso del mundo musulmán, escrito por un cordobés de hace nueve o diez siglos llamado Ibn Hazm de Córdoba. Tuve la ocasión de leerlo y de entre todos los versos, uno me sonaba :
Pastor soy de estrellas, como si estuviera a mi cargo
apacentar todos los astros fijos y planetas.
Las estrellas en la noche son el símbolo
de los fuegos de amor encendidos en la tiniebla de mi mente.
Parece que soy el guarda de este jardín verde oscuro del firmamento,
cuyas altas yerbas están bordadas de narcisos.
Si Tolomeo viviera, reconocería que soy
el más docto de los hombres en espiar el curso de los astros.

¡No me lo podía creer! ¡Era la canción del “tió” Perico el Tuno. ¿Pero cómo podía ser aquello? ¡Un verso del Collar de la Paloma en la boca del “tió” Perico!
Había que retroceder nueve o diez siglos, así que me puse a leer y a investigar. Yo sabía que las montañas de Gredos, siempre fueron acogedoras y mágicas. Desde tiempos remotos acogieron a los moradores de nuestra querida España en nuestros castros y nuestros ancestros vivieron a cubierto de todas las épocas azarosas. Incluso se tiene conocimiento de la existencia escrita del primer rey de la historia de España. Pero nada más. Nuestra tierra vivió siempre en paz y sus gentes gozaron de sus ganados y cosechas en cantidad suficiente para vivir. Tal vez los bereberes trashumantes, los mozárabes y muladíes, fueran los moradores esos siglos atrás. Era lo más lógico. Nos situamos en el siglo XI. Para mí era un punto creíble de partida la fecha en la que se escribió “El Collar de la Paloma”.
Ibn Hazm, tuvo que vivir una época muy convulsa de aquella Córdoba en la que se estaba terminando aquel famoso Califato. Fue detenido preso y sufrió el destierro. Aquel insigne filósofo, teólogo, historiador, narrador y poeta andalusí, junto con Averroes y Maimónides proclamó la virtud de la tolerancia y en sus ochenta mil folios escritos, escribió innumerables historias literarias a la vez que exaltaba los valores culturales de Al-Ándalus.
En 1031, terminó desapareciendo el Califato de Córdoba y en nuestra zona, el visir de Toledo, Al-Zafir, se declaró independiente. Toledo era entonces la taifa más grande del territorio de Al-Ándalus. Su hijo Al-Mamun, gobernó Toledo hasta 1075 y consiguió que la taifa consiguiera el mayor desarrollo hasta entonces conocido en las artes y en las ciencias. Pero ello no fue a cualquier precio pues los reyes castellanos ya se estaban acercando conquistando ciudades a las puertas de la taifa de Toledo. Así el rey Fernando I de Castilla, en 1055 conquistó Alcalá de Henares. Al-Mamun negoció con el rey una sumisión y reconocimiento a cambio de un tributo de Parias. En contrapartida, respetaría Toledo. El gran valedor de aquel vasallaje era el hijo menor del rey, a la postre, Alfonso VI de Castilla.
¿Pero qué tenía que ver todo esto con El Collar de la Paloma? Esta era una tarea de investigación imposible. ¿Cómo casar al “tió” Perico con todo esto? ¿Pero es que nuestros cabreros y moradores de Gredos no tienen historia? Yo me preguntaba y me respondía que, evidentemente sí. Nuestros ancestros tenían una historia muy importante, aunque jamás la conocimos, porque jamás fue escrita. Solo teníamos retazos de tradición oral.
Casi por casualidad descubrí que Ibn Hazm, tuvo un alumno llamado Ibn Said de Toledo. Said al-Andalusí fue cadí de Toledo en tiempos de Al-Mamun y desarrolló un importante mecenazgo en la ciudad de Toledo. Reunió en torno a él el grupo que se conoce como los doce sabios. Apoyó a Abencenif en sus estudios sobre agricultura y farmacología y apoyó a  Azarquiel en su proyecto de componer unas nuevas tablas astronómicas, contribuyendo de manera decisiva a la elaboración de las famosas tablas toledanas.  Azarquiel construyó instrumentos científicos de precisión como astrolabios, llamado la “azafea”.
¿Azafea, amacea, farmacología?...¿Qué me pasaba por la cabeza?...
Ibn Said escribió tres obras que hoy se encuentran perdidas. Una relativa a las religiones y a las sectas. Otra relativa a la historia de los pueblos árabes y no árabes. Y otra relativa a la “Corrección del movimiento de los astros” basándose en las mediciones llevadas a cabo con la azafea de Azarquiel.
¿Serían Ibn Said y Azarquiel los que subían a la Peña Caballera con el astrolabio llamado azafea?
Aquella taifa de Toledo consiguió en aquellos años ser el centro del mundo del desarrollo de las artes y de las ciencias pero todo tiene su fin. Al morir el rey de Castilla sus tres hijos se enfrentaron en una guerra de sucesión. Fernando I de Castilla y su mujer Sancha de León tuvieron como hijos a Sancho II de Castilla, Fernando de Galicia y a Alfonso VI de León. Alfonso era el menor y era el valedor de Al-Mamun de Toledo con el tributo de Parias. Gracias a estas buenas relaciones en 1073 huyó exiliado a Toledo junto a su amigo y confidente el Conde Ansúrez, donde fueron acogidos de corazón en la corte, ofreciéndoles como residencia el palacio de Galiana. Alfonso se dedicó a hablar con los sabios, a pasear, a cazar. Tenía una vida regalada y como agradecimiento invitó al gran Al-Mamun y a sus consejeros a comer en la Galiana. Después de la comida hablaban los musulmanes entre ellos en el sopor de la siesta, buscando el frescor de las terrazas, de la preocupación de Al-Mamun por las debilidades de la fortaleza de Toledo. Unos decían que era inexpugnable. Otros que ni en siete años de interrupción de suministros era posible conquistar Toledo. Pero el rey conocía la debilidad que le preocupaba. Alfonso se acercó al lugar donde susurraban para oír lo que decían y simuló que dormía la siesta entre los matorrales. Pero fue advertido por uno de los consejeros y para comprobar si había oído algo de la conversación, el rey mandó traer plomo fundido que acercó a la mano extendida de Alfonso, dormido en el césped. Pero Alfonso solo se inmutó cuando sintió el plomo en la mano, haciendo saber así que no había oído los secretos de la debilidad de Toledo.
Años más tarde, cuando Toledo fue conquistada por la puerta del este, se cambió su nombre por Puerta de la Mano Horadada.
El bravo Alfonso protagonizó una de las historias más bonitas de amor de aquella azarosa época con la mora Zaida, hija del rey de Sevilla. No se podía ver bien aquella relación y por ello la hermosa Zaira, de belleza sin igual y prometida con el rey con apenas doce años, tuvo que esperar su oportunidad. El rey la tomó por esposa por interés al entrar en la dote, grandes ciudades de Castilla. Pero quedó prendado de su hermosura cuando Zaida vino en embajada a pedir ayuda para el rey de Sevilla. Fue entonces cuando quedó bajo su protección y más tarde, al abrazar la fe, se unió en matrimonio y fue reina de Castilla con el nombre de Isabel.
¿Era esta pareja la de la majada de la Galana o era otra pareja entre noble cristiano y mora?
Aquel día iba yo montado en el burro y la tía Mercedes iba andando por la trocha, camino del Palancar. En las aguaderas llevábamos siete panes recientes, un saco de sal para las cabras y el queso y poco más. Yo no tenía más que seis o siete años. No me puedo acordar de más. Ella me dejó solo porque tenía que hacer algo en casa de alguien. Yo desconocía el camino pero el burro sí lo conocía. Sentí que nunca iba solo y que mil miradas podían divisarme desde lejos. Me cuidaban mis antepasados del lugar. Mil almas que vivieron allí se mantenían vivas impegnando las piedras, los árboles, las casas, los arroyos... Los bichitos de luz iban encendiéndose a mi paso. El burro no se paraba, como si tuviera prisa en llegar. Después de media hora de andar entre trochas, caminos y veredas y atravesar dos arroyos, llegamos a la casa donde me esperaban mis amigos, al anochecer.  Bendita Sierra de Gredos, qué recuerdos de inefable felicidad. 
¿Dónde se escribió la historia de nuestra gente? ¿Quiénes podrían ser nuestros antepasados?
Aquella noche el titilar de las estrellas fue muy animado. Todas las estrellas querían hablar de amores. Era necesario que el pastor de ellas, el “tió” Perico llegara a apacentarlas. Después de tantos años comprendí que el cielo tan estrellado de Candeleda no es una casualidad. Es la consecuencia de tantos fuegos de amor habidos en mi tierra en el curso de su historia. Porque es una historia rica de hombres y razas venidas de todas las partes del mundo que allí acrisolaron su vida dando origen a bellas historias de amor y vida.
Y la brisa de la noche nos traía el olor de la yerbabuena, del tomillo y del romero.

domingo, 9 de octubre de 2016

TRAS EL ADN CANDELEDANO


Con el envío de algunos escritos, me propuse diluir la tendencia que tenemos al hablar de Candeleda, de solamente difundir capeas, toros de fuego y folklore, o como nosotros decimos, cantes de guitarreros. No es que ello no me guste, es que Candeleda es muchísimo más que eso. Así, voy dando pistas del origen de nuestros nombres geográficos, de nuestra historia, de nuestra alma… porque, sin duda, estoy de todo ello enamorado. Me crie con muchos de vosotros, mis amigos, en una Candeleda embrión de nuestra historia española y nunca fuimos conscientes de ello. Pero sí fuimos conscientes de que nuestro ADN de candeledanos nos hacía ser puros y distintos, en cualquier punto de la geografía española que nos acogió cuando buscamos un porvenir más acorde con la vida moderna. No es que fuéramos mejores ni peores, Dios nos libre de tales pensamientos. Pero teníamos remarcado “el origen”. De la misma manera que los médicos nos decían a algunos al hacernos una radiografía eso de,  “tiene remarcado el empastamiento hiliar”. Así, el candeledano tiene remarcado el origen en su ADN. No es de extrañar, por tanto, ese amor que tenemos al terruño tan puro y nada excluyente con aquellos otros que, aunque no hayan nacido en Candeleda, son tan candeledanos como nosotros.

Ese ADN se ha ido formando durante siglos.

Los apasionantes trabajos del profesor Fernández en El Raso, están poniendo de manifiesto la importancia de nuestros primitivos pueblos, que están siendo muy estudiados a nivel de la arqueología mundial. Lamento no ser historiador, pero al menos he sido lector. En los pueblos primitivos no había escritura y por esta razón solo nos llegaron leyendas de los hechos acaecidos que se trasmitían oralmente. Y leyendo la Historia de España de Alfonso X El Sabio, encontré que hablaba del primer rey del que se tenía constancia en España, que moraba en las Sierras de Ávila, era el rey Tartus. La leyenda la encontré también en un manuscrito de la Universidad de Salamanca, donde hablaba de la fundación de Toledo por el rey griego Rocas. Hay tres leyendas sobre la fundación de Toledo, pero a nosotros nos interesa la de Rocas, por ser aquí donde aparece la primera referencia escrita, sobre un rey que moraba en las sierras de Ávila. El rey Tartus. La leyenda ahí está. Siguiendo a un oso para cazarle, Tartus se encontró descansando en una cueva al griego Rocas, al que terminó desposándole con su hija. Pero no pretendo contar aquí la leyenda, sí contar mi sorpresa al encontrar… ¿Un rey candeledano? Traté de mirar a un lado y otro a ver si alguien advirtió mi cara desencajada por la sorpresa. En mi cabeza se acumulaban tantos anhelos intelectuales que, confieso que terminé aturullado. No encontraba, más que cinco castros donde pudieran vivir los aborígenes en toda la sierra. Y todos en Candeleda. El lugar, el clima, los frutos, la caza. Solo en Candeleda. ¡Qué buen punto de partida para una “Historia de Candeleda”!

Ahí lo dejo. A mis queridos amigos del blog, les digo que además de capeas, toros de fuego y folklore, tan nuestro todo, les animo a buscar la leyenda del Rey Tartus y Rocas en internet. ¿Será Tartus nuestra primera referencia escrita? ¿Será Tartus un rey…candeledano? ¿Tendré yo razón cuando digo que Candeleda es el corazón de las Españas?... Seguiremos buscando nuestro ADN.

sábado, 18 de junio de 2016

Y OÍ A LAS ROSAS LLORAR


Ayer tuve que ir a Candeleda a enterrar al último hermano de mi padre que quedaba vivo. Esto es algo que ya se ha hecho habitual. Uno tras otro, nuestros familiares desaparecen y nuestros candeledanos “grandes”, es decir mayores, van desapareciendo. No conozco a los jóvenes y se me van quedando atrás los nombres de tantos coetáneos que no puedo ver más que de tarde en tarde. Apenas si me da tiempo a estar con mis hermanos y sobrinos, ver a algunos tíos y primos y estar con algún amigo muy fugazmente.

Al día siguiente tengo que madrugar para ponerme en camino de vuelta al trabajo, en un viaje de cientos de kilómetros. Antes subo a ver a la Virgen de Chilla. El día es luminoso. La sierra imponente, bella y majestuosa. El camino se pinta de verde y se adorna de florecillas de mil colores. El olor se torna fragancia fresca de hierbas silvestres. Los prados segados y la mies del heno en lineales secándose al sol para ser ensilado después. Solo veo a algún cabrero con sombrero viejo de fieltro y en la mano un cubo de hojalata que delata que ha terminado el ordeño.  Sus andares son tranquilos, sin prisas, yo diría que está gozando del nuevo día. La carretera se empina más y más, hasta entrar en un precioso túnel de ramas de robles con sus hojas verdes que se mantiene sinuoso hasta desembocar en un pequeño llanete donde ya se divisa la ermita.

No puedo remediar ir recordando a todos mis seres queridos. Y veo su memoria habitando en  la sierra, en su sierra. Y veo que salen a mi paso a sonreírme y quererme. No puedo contener mi sentimiento y mi angustia de no poder abrazarlos. Las lágrimas salen con fuerza a mis ojos. Son mis raíces candeledanas más profundas que los enhiestos y mayestáticos robles de la sierra.  Y mi sentimiento es fuerte, como el viejo roble serrano. Y profundo. Es mi querer a mi tierra y a mis gentes.

La ermita está radiante de luz, la hierba recién regada y fresca. Tengo necesidad de ver a la Virgen. Me sorprende el altar lleno de flores naturales. Me siento un rato con ella sosegándome con una música de Gounod, Schubert, Mendelssohn, y  otros que reconozco. Allí siguen mis ancestros conmigo. No digo nada. No pienso nada. Solo me siento acompañado por el alma de mis allegados muertos, candeledanos todos. Me siento muy apenado. No pido a la Virgen por mí. Solo pido por ellos. Esos que uno a uno, van desapareciendo. Y así, oí a aquellas rosas llorar.

Esta nuestra “loca sacra” de Chilla, es nuestro lugar sagrado desde hace miles de años. Así nos lo cuentan los sabios historiadores que han venido a rescatar nuestra memoria histórica. Chilla significa blancura y es nuestro “inmaculado lugar sagrado”. Por ello se llama Chilla, es decir lugar blanco por la nieve pintada en los farallones de la alta sierra. Es el lugar sagrado del alma blanca de los candeledanos que nuestra Virgen purifica. Nosotros solo acertamos a llenarle el altar de flores. La Virgen se encarga de purificar nuestras almas. Así lo sentí yo cuando oí llorar las rosas.

Ahora me siento en paz y en connivencia con mi sangre serrana. Los recuerdos de la niñez se dibujan en aquellos lugares y hasta en algunos de sus viejos árboles que reconozco. Mi corazón se ha serenado al sentirse querido por toda mi estirpe que fueron los que nos enseñaron a  adorar a la Virgen y que estaban allí con Ella. Ya regreso sereno y tranquilo. Me pongo en carretera a hacer cientos de kilómetros de vuelta, con la seguridad de que también un día, yo estaré con el alma de mi gente. Estaré también allí con Ella. Y dejé un beso al viento, sincero, profundo, humilde, para el lugar donde nací, para mis mayores que en paz descansan. Y con el beso, una última lágrima. Adiós Candeleda.

domingo, 22 de mayo de 2016

COSAS CANDELEDANAS


Soy candeledano, estudiantillo de entonces. De aquellos que nuestros padres enviaban a Pastrana, Ávila, Madrid, Arenas, Alcalá de Henares, siendo aún niños, en pos de algún seminario menor, por si cuajaba alguna tardía vocación y en el mejor de los casos, tras alguna instrucción que pudiera sacar a aquellos niños del arado romano, de las bestias o de las cabras.

No tengo claro si aquella buena intención, que yo hubiera repetido con los míos, fue o no acertada. No, cuando peino canas, ya no lo sé. Solo sé que apenas tardé unos meses en adoptar el habla madrileño y castellano con un dominio de las eses perfecto.

En mi caso, aterricé en la mejor sociedad madrileña de la época, donde las diferencias eran terroríficas con mis costumbres, con mi tierra y con mi gente. Hubo que aprender a no meter la pata desde muy niño. ¡Qué cosa tan terrible! Claro que ahora me río cuando recuerdo que mis compañeros de mesa de comedor, me sometían a un interrogatorio sobre mi origen y familia, sorprendiéndose de que mis padres tuvieran cuatro fincas, Carrascal, Cardenillo, Huerta del Esparragal, La Colilla, y mis abuelos y tíos, El Llano, Navarro, Carretero… Ellos solo tenían una o ninguna. El de la finca, la tenían su padres en Badajoz y tenía diez mil hectáreas. Los otros eran pobres, uno de ellos, su padre mandaba como Presidente en un banco que se llamaba Bilbao. El otro, no puedo decir más que ahora es dueño de grandes empresas constructoras e inmobiliarias de éste país. Así de pobres eran mis compañeros. Yo sin embargo era uno de aquellos estudiantillos privilegiados candeledanos que salíamos con diez años tras unos estudios, a la capital, cuando nuestros padres con todo su sueldo anual, no podrían pagar ninguno de aquellos colegios. Gracias a las becas y a la buena voluntad de mucha gente, y también a nuestro esfuerzo, los estudiantillos de entonces salíamos adelante.

Pero no pudo la capital conmigo. Los paletos de entonces, solíamos sobreponernos a los capitalinos, sin embargo, amigos nuestros entrañables. Con el paso del tiempo, logré llevar a Candeleda a mis amigos de la capital y gratamente me sorprendí cuando me decían… ¡Pero cómo no nos has traído antes a tu pueblo! No obstante, tuvieron que pasar los años de la niñez y cuando ya estaba bien entrada la pubertad, abandoné las eses y el miedo al atávico atraso cultural de mis gentes en comparación con los instruidos madrileños de entonces. Si cabe, cada vez me hice más candeledano.

El hablar de “se faró y se cayó…” la famosa “chapaletina”… el “no me vaga”… “de cutio”… etc, era entendido como un idioma paleto supino. Pero ya digo, que esas son cosas del pasado. Desde hace tiempo que sostengo que en Candeleda no se hablaba en absoluto mal. Era simplemente un castellano de unos cientos de años atrás.

Mi hermana Nines hizo un trabajo prodigioso, recogido en un libro sobre el léxico candeledano y nuestra manera de hablar. “De no querío… bien lo vaga ello”, es un precioso libro y su prosa al final, es un relato guasón, porque los candeledanos nos reímos de nosotros mismos, es bonachón porque está lleno de ternura, es conciso porque precisamos los términos a las cosas y sentimientos… y es un castellano de hace cuatro siglos. Me encanta leer el idioma candeledano, que existe en Candeleda y en toda la zona de alrededor, antiguo Alfoz de Ávila.

Tenemos letrillas de jotas y rondeñas que nos vienen de antaño. Pueden ser cientos de años. Una de ellas que aprendí de mi hermano José Luís, que las oía cantar a los cabreros en El Palancar, en aquellas noches que se reunían los vecinos de aquellas fincas serranas. Dice así: “Venimos mi amiga y yo, de correr la caravana, pa que no diga la gente, que tenemos mala fama”. Siempre la canté y nunca la entendí.

Posiblemente fuera amiga o amigo. Y si amiga...¿por qué amiga? Caravana… ¿qué caravana? Me imaginaba las caravanas que venían a la sierra por el Puerto de Candeleda. En fin. ¿Tendría alguna importancia todas estas cosas mías?

Sí, hace tiempo que sostengo que nuestro lenguaje candeledano es un castellano muy antiguo y me lo demostré a mí mismo, cuando leí en un libro viejo lo de correr la caravana. ¡Eh! ¡No me lo podía creer! Inmediatamente encontré en el Diccionario de la Lengua Castellana, por la Real Academia Española, que “hacer o correr caravanas” era “hacer las diligencias que regularmente se practican para lograr alguna pretensión.” Me imaginé a dos serranillos de los alrededores de Chilla, yendo o viniendo de la casa del cura o de la casa del alguacil, haciendo las diligencias necesarias para no dar que hablar. ¿Nos da ello idea de cómo se vivía en la sierra en la antigüedad?... Sin duda.

Otra letrilla de rondeña vieja. “Mi padre fue un caballero y mi madre una serrana y yo, nací una mañana entre la nieve y el yelo”. Qué descripción más perfecta de una situación en la que el Concejo de Ávila disponía de todos los pastos del Alfoz y en la que las garridas serranas no dejan de ser las musas de la lírica castellana, pero terrible al mismo tiempo porque denotan algún derecho de pernada. Sea como fuere, nuestra tradición oral nos ha dejado detalles de nuestra manera de ser y de vivir, pero nunca lo valoramos así.

Hoy, yo reivindico nuestra historia antigua y nuestra manera de hablar y nuestro folklore. También soy, junto con el griego Eneas y Camilo José Cela, quienes decimos que nuestra tierra es el Corazón de las Españas y remarca Camilo que ello es porque,  “es por donde mejor o peor, empezó España”.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Un broche en mi corazón

Largo mes de aquel castigado estío cuyo final se tornó en eterna espera,
largas noches escudriñando el cielo por ver si aún encontraba mi adorada estrella.
Fue la varita mágica de un hada la que rasgó rauda el firmamento
 sembrando un polvo de estrellas de innumerables y plateados pigmentos.
 De aquella estela reluciente apareció al fin mi estrella,
y sorprendido…no, son dos, no, son tres…
Tres luceros del alba… Tres regalos del cielo…
Tres corazones al viento que asisten mi caminar viejo, torpe y lento.

Y así, aquel regalo llenó toda mi vida de alegrías y esperanzas.
¡Bendito mes de aquel duro estío en el que el cielo
puso a mi corazón, un broche con tres preciosas esmeraldas!

sábado, 16 de abril de 2016

PEDRO XIMENEZ

VERDADERO ORIGEN Y PROCEDENCIA DEL NOMBRE

FIN DE LA LEYENDA DEL MILITAR DE LOS TERCIOS DE FLANDES

Aguilar de la Frontera y Pedro Ximénez de Varo


El tercer señor de Aguilar vivió durante el reinado de Alfonso XI (1312-1350). El Estado de Aguilar era un Estado opulento y fundamental en la lucha contra el enemigo musulmán, enclave estratégico y frontera con el Reino de Granada. Nos situamos en ésta fecha porque es en ella donde el primer “Varo” llega a Aguilar tras la política de repoblación castellana de las tierras reconquistadas y tras el último gran rey reconquistador, que era Alfonso XI, enterrado en San Hipólito de Córdoba, construido por él mismo para conmemorar la Batalla del Salado y donde también yace nuestro gran Alonso de Aguilar.
La repoblación de las zonas conquistadas estaba siendo muy problemática en el siglo XIII. Solo se repoblaban las grandes ciudades y las cabeceras de comarcas agrícolas como campiñas, vegas, etc. Para resolver el problema en zonas rurales se procedió a los repartimientos de tierras, como fue el caso de Aguilar, a militares que se habían distinguido en las conquistas. En esta época los repobladores en Córdoba procedían de Burgos, León y Toledo. Aragoneses, portugueses, navarros y aragoneses, fueron a Sevilla y a la Bahía de Cádiz, pero eran apenas un reducido número comparado con los castellanos venidos a Córdoba. Aun así, en las zonas rurales, los repobladores eran militares. Tal era el caso de Aguilar situada en la frontera con el enemigo.
Por el año 1327 se repobló Villalba del Alcor en el actual Condado de Huelva y se incentivó el cultivo de la viña que habían ya iniciado los campesinos en la zona de Niebla, dando origen a los vinos del Condado de Huelva. Aquella zona reconquistada y repoblada gozaba de una paz que Aguilar todavía no tenía.
En 1328-1330 se produce el asedio de Teba donde Teba y Olvera estaban en primera línea de batalla y se mantenían en segunda línea Aguilar de la Frontera junto con Estepa, Osuna, Puebla de Cazalla, Morón de la Frontera, Montellano, Villamartín, Arcos de la Frontera, Jeréz de la Frontera, Medina Sidónea y más atrás Chiclana, Conil y Vejer. Alfonso XI contaba con el apoyo de la segunda línea en hombres y víveres. ¿Quién podría ser repoblador de Aguilar si no se era un avezado castellano militar?
De 1342 existe una escritura en el Archivo de la Catedral de Córdoba por la que Alfonso XI hace un repartimiento de tierras en Aguilar de la Frontera y entre ellos estaba Pedro Ximénez de Varo. Un año más tarde, muerto el tercer señor de Aguilar, su hermano Fernán González de Aguilar, vence a los moros en la Batalla del Río Yeguas y en la que sus militares aguilarenses se distinguen en la contienda y entre ellos, Pedro Ximénez de Varo, que entonces ya era vecino de Aguilar.
La Batalla del Salado había sido un par de años antes en 1340 en la que Aguilar estuvo muy implicada, pero no tenemos constancia si Pedro Ximénez estaba ya al servicio de los Aguilares. Tampoco sabemos si Pedro Ximénez estuvo al servicio de Alfonso XI en los que en aquellos años llegó cinco veces hasta el Campo de Gibraltar. Lo que sí sabemos es que en 1340-41 el rey, sitió Alcalá la Real en las puertas de Granada y repobló Aguilar, Priego, Anzur, Monturque, Montilla y Cañete.
La contienda del Rio Yeguas tuvo lugar en 1343 y se distinguen los aguilarenses, entre ellos Pedro Ximénez de Varo.  Todavía falta un poco de tiempo para que lleguen los Fernández de Córdoba al Estado de Aguilar, por lo que los Varo, son anteriores en Aguilar a la llegada de éstos. Aguilar aparece ya como un municipio consolidado y con competencias. En 1350 el alcalde Juan de Párraga, tenía competencias en conocer los Pleitos de Hidalgía, con las exenciones que ello implicaba, por consiguiente Aguilar ya debía estar consolidada como municipio de cierta importancia.
Pedro Ximénez de Varo es un militar o caballero castellano procedente de Losa Fita, de la merindad de Losa en Burgos. De allí procede su casa solariega y nos ha llegado intacto su escudo de armas, que cuelga en muchas de las casas de los Varo, en Aguilar, de padres a hijos. A partir de 1340 con la muerte del tercer señor de Aguilar sin dinastía, corren treinta años hasta la nueva venida de los Fernández de Córdoba. En estos años Aguilar pasa a manos reales y a Fernández Coronel y es codiciado por Bernat Cabrera. Son años complicados en los que presumimos se salva el militar Pedro Ximénez por motivos de la edad. Asentado en Aguilar y dedicado a las labores de la tierra, el primer Varo consolida su casa y su familia siendo uno de los primeros repobladores castellanos de Aguilar de la Frontera.
Con el noveno Señor de Aguilar, Don Pedro Fernández de Córdoba ( 1441-1455), nos volvemos a encontrar a descendientes de Pedro Ximénez de Varo como militares integrantes del ejército del Estado de Aguilar, haciendo incursiones contra los moros en la zona de Antequera. Éstos eran Fernán Ximénez y Alonso de Varo, entre otros soldados aguilarenses, que da idea de la tradición militar de los Ximénez Varo y del asentamiento de su casa en Aguilar como propietarios de tierras de labor.
Ya en tiempos del gran Alonso de Aguilar, los militares Varo integraron su ejército. Así nos consta en la Batalla de Martín González en la que Don Alonso mató a Aliatar, suegro de Boabdil el Chico, uno de los integrantes del ejército de Don Alonso era Miguel de Varo. También en el asedio de Granada que terminó en 1492, militaron muchos vecinos distinguidos de Aguilar formando parte del ejército de Don Alonso de Aguilar, entre ellos Ruiz Sánchez de Varo, Pedro Ximénez de Varo, Juan Ximénez, a los que se los hizo un nuevo repartimiento de tierras como aparece en 1493 expedido en Alcalá la Real y cuyo pergamino se conserva en el Ayuntamiento de Aguilar, en la zona del Arroyo de Albornoz, Atalaya y en el Cerro de Buenavista en el término de Aguilar.
A partir de 1505, el Marquesado de Priego en su política de compras de tierras para la formación de su latifundio inmobiliario, compra muchísimas propiedades y entre ellas, compra diecinueve fanegas de viña, en el término de la actual Montilla, al aguilarense Pedro Ximénez de Varo, sobre el primer tercio del siglo dieciséis o a mediados del siglo dieciséis.
Los tercios de Flandes son creados por Carlos I para el mantenimiento de las provincias de Centro Europa, precisamente a mediados del siglo dieciséis.
Una vez referenciadas estas notas históricas, entroncamos con la leyenda de la variedad de uva Pedro Ximénez, tan popular e importante para nuestra zona. Cuando se habla de la historia de nuestros vinos Pedro Ximénez, cada erudito aporta una nueva leyenda que a base de no ser desmentida, se convierte en una nueva pura invención. Así, circula que un militar de los Tercios de Flandes, llamado Pedro Ximénez, se trajo de la zona del Rhin unas cepas en su zurrón a nuestra zona y ese es el origen de la variedad de nuestras cepas actuales. Muchos autores , como García de Leña (1972), Masdeu (1783) y González Gordon (1948) apoyan esta tesis que no es compartida por Viala y Vemorel (1910), Pullita Rovasenda y algunos más, quienes opinan que las características morfológicas y ampelográficas de la Pedro Ximénez en nada se parecen a las de las vides cultivadas en los valles alemanes. Basta recorrer los extensos viñedos del Rin de Mosela y observar la morfología de las variedades que allí se cultivan y de sus racimos para concordar con la idea menos viajera.
Pero la uva Pedro Ximénez es sin duda una variedad nacida en el sur y mediterránea, según edafólogos y técnicos. Pero continúan algunos eruditos dando rienda suelta a su imaginación sobre la procedencia. Incluso profesores de la Facultad de Filosofía de Córdoba, han encontrado notas sobre esta uva publicadas en el siglo XV, lo que da al traste definitivamente con la leyenda del soldado español de los Tercios de Flandes.  Parece que a partir de los comienzos del siglo XVI la variedad de uva Pedro Ximénez se extendió por el sur de la provincia de Córdoba desplazando por sus excelentes cualidades a otras cepas. Enrique Garramiola en un libro de Escribanía Pública de Diego de Aguilar, fechada el 3 de Abril de 1574. Dice así: “Ante los licenciados Alonso Cabrera y Santa Cruz, abogados, y Gaspar Díaz de los Reyes, vecinos de la villa de Montilla, Antón Ximénez Toledano, se obliga a entregar a Juan de Vera, mercader, que está ausente, ambos también vecinos de dicha localidad, veinte y cinco cargas de uva Pedro Ximénez, de la cosecha del presente año, al precio que rija en Montilla por el día de Nuestra Señora de Septiembre venidero”. Es decir, hay apuntes de historia por todos lados en los que se indica que en la zona se cultivaba la vid desde hacía mucho tiempo, de la mano de los repobladores castellanos.
Tal vez ha llegado ya el momento de publicar que Pedro Ximénez no es un soldado anónimo. Pertenece a una familia de Aguilar muy conocida y cuya sangre circula mezclada con otras por casi todos los aguilarenses actuales. Se trata del primer Varo que llega a Aguilar, llamado Pedro Ximénez de Varo. Durante varias generaciones se mantuvo el mismo nombre de Pedro Ximénez de Varo y durante varias generaciones fueron militares. Fueron dueños de tierras y conocimos su dedicación a la viña. No es extraño que en la leyenda algunos detalles coincidan con la realidad. El que da el nombre a nuestra variedad de Pedro Ximénez, era militar, cultivó viñas y tal vez alguno de sus miembros estuviera alguna vez en los Tercios de Flandes, pero mucho antes ya cultivaba sus propias viñas en sus tierras repobladas de Aguilar. Es más fácil pensar que algún familiar de los Pedro Ximénez de Varo trajera las cepas del sur, en sus correrías por el Condado de Huelva que del Rhin.
Esta es una reseña, con cariño, para todos los Varo. Espero que os guste.